El lugar que sería hogar

 


Aquel rincón poco compartido, refugio constante de hermanos y amigos. 
Este espacio de descanso, trabajo y alegrías, que nunca fue de nadie más, hasta el día que decidí que lo compartiría.
 
Un lugar que debió ser para dichas y sueños, un techo para la complicidad y compartir anhelos. 
Que pudo ser más, y no pudo, o ella no quiso. Porque hoy injustamente lo llama “de los peores insomnios”, cuando curiosamente era el primer lugar donde se le permitió soñar y seguir sus sueños, al fin ser ella misma.
 
No era perfecto, aunque quiso serlo.
No fue suficiente, aunque dio abundante libertad.
No era cerca, porque se buscaba llegar lejos, de la mano.
No era propio todavía, porque mi mayor posesión lo representaba su presencia.
No era grande, pero sí lo era el amor que habitaba ahí. 
No había muchos cajones, pero no hacía falta, porque ahí no se guardó ningún secreto, rencor, ni peor aún una mentira.
Mentiras, como aquella inocente, pero al final lacerante. Que se dijo frente a Dios y se volvió una de sus plagas; cinco palabras de una promesa rota que resuena en este lugar que sería hogar:
“Voy a cuidar tu corazón.”

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