Vivir en otra ciudad es como enamorarse (Segunda parte)
Es la segunda vez que lo escribo, la quinta que lo vivo y la tercera que lo pienso: vivir en otra ciudad es como enamorarse. Y es esto de despertar cada día con clima de primavera, con gente extremadamente buena y árboles verdes en cada acera. Este maravillarme a cada momento con algunas mujeres que veo pasar, este ánimo repentino por salir por la noche a bailar. Un sol tan agresivo como sus aguaceros, mucha gente que no conoces y que, de pronto, se vuelven parceros. Una ciudad que se recuperó de la violencia, el caos y el menosprecio, y a cuyas calles, árboles y variedad de aves voy guardándoles mucho aprecio. Las ciudades, así como el amor, despiertan esa ilusión inicial. Hay esa magia en descubrir cada rincón, mezclarse con la gente local. El encanto de nuevos cafés y calles, fijarse de repente en cada uno de los detalles. Un acento que produce magnetismo, una vida muy lejos de lo mismo. Aunque esta vez me pongo a pensar si eso que busco está realmente en otro lugar. Y pienso que es...


