Qué momento para estar vivo.
Como una simple travesura, una experiencia más, llegamos con mi hermano aquella tarde de primavera al Monumental. Argentina contra Perú. Eliminatorias, aunque ya clasificados. Yo, acostumbrado a vivir en Buenos Aires; mi hermano, descubriendo por primera vez la ciudad. El olor a parrilla, la humedad, la energía de la gente y todo eso que las fotografías jamás logran capturar. En la cancha había un pibito con la 19 en la espalda. Sabíamos que hacía goles con el Barça y que, con apenas diecinueve años, ya era titular. Argentina ganó ese partido. Mi hermano y yo nos sentimos porteños por un rato, aunque ninguno podía imaginar lo irrepetible que sería eso que acabábamos de presenciar. Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen sentido, así dice la canción. Aquel delantero parecía cambiar de posición para empezar a jugar como leyenda. Y años después, por esas cosas del destino, llegué al templo donde se veneraba ese estilo. El tiki-taka de Guardiola, el Camp Nou y, otra vez, L...
