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La utopía del tiempo lento.

No es que la infancia haya sido un tiempo mejor ni que en la adolescencia el amor se sienta con más intensidad. No es que los perros conozcan el secreto de la felicidad ni que los feriados duren más que el resto de los días. Es que nos hemos acostumbrado al vértigo. A producir y trabajar como si hubiésemos venido al mundo para llenar formularios, responder correos y asistir puntualmente a reuniones que nadie recordará. A creer que no hay tiempo para nadie y que tampoco podemos permitirnos escapar hacia nada. A llenar escuelas y oficinas, a caminar sin saludar ni mirar hacia arriba, a dejar que el tiempo pase deprisa o anestesiar el aburrimiento con historias, redes y publicaciones de personas que ni siquiera nos simpatizan. Hemos hecho del apuro una virtud y del cansancio una medalla. Vivimos tan ocupados fingiendo que avanzamos, que olvidamos detenernos a preguntarnos hacia dónde diablos vamos. Por eso, cuando puedo, elijo el tiempo lento. Elijo la mañana sin notificaciones y el ...

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