Un testamento antes de tiempo
Será por la fragilidad natural de la vida o por la manera inusual en que este país nos recuerda, casi con pedagogía cruel, lo vulnerables que somos, que en un instante fortuito, sin planearlo ni preverlo, podemos morir sin previo aviso y sin discurso de despedida. Esta semana supe que un alumno había fallecido y entendí, otra vez, que nadie tiene la vida asegurada, que la edad no nos acerca necesariamente al final, ni la juventud nos blinda del cierre, y que, por creer que la muerte es una fecha lejana, dejamos de decir lo necesario, postergamos las últimas voluntades como si el tiempo nos debiera algo. Y mejor no esperar. Por eso, si me toca irme antes de lo previsto, quiero que se queden con una idea clara: me iré contento. No perfecto, no realizado, no infalible; contento. Tuve una familia excepcional y pocos amigos, pero de esos que justifican esa palabra. Viví como argentino, como español, como colombiano y como mexicano, y en cada geografía encontré una versión disti...

