Un testamento antes de tiempo
Será por la fragilidad natural de la vida o por la manera inusual en que este país nos recuerda, casi con pedagogía cruel, lo vulnerables que somos, que en un instante fortuito, sin planearlo ni preverlo, podemos morir sin previo aviso y sin discurso de despedida.
Esta semana supe que un alumno había fallecido y entendí, otra vez, que nadie tiene la vida asegurada, que la edad no nos acerca necesariamente al final, ni la juventud nos blinda del cierre, y que, por creer que la muerte es una fecha lejana, dejamos de decir lo necesario, postergamos las últimas voluntades como si el tiempo nos debiera algo.
Y mejor no esperar.
Por eso, si me toca irme antes de lo previsto, quiero que se queden con una idea clara: me iré contento. No perfecto, no realizado, no infalible; contento.
Tuve una familia excepcional y pocos amigos, pero de esos que justifican esa palabra. Viví como argentino, como español, como colombiano y como mexicano, y en cada geografía encontré una versión distinta de mí mismo. Trabajé en lo que me apasionaba, probé las mieles del triunfo y el sabor amargo del fracaso, tuve mascotas que acompañaron mi infancia y también mis silencios, conocí personas maravillosas, me enamoré, me casé con una gran mujer y supe despedirme en paz cuando la vida pidió ese capítulo.
No me voy debiéndole nada a nadie y, en el punto exacto desde el que escribo estas líneas, todo lo que llega es ganancia. Por eso no quiero un funeral triste con uniforme negro obligatorio ni caras largas por protocolo; quiero que quien vaya lo haga sin importar el color de su ropa y sin ensayar discursos. Prefiero risas en los pasillos, anécdotas que hayan tenido conmigo y paz sincera en quienes me conocieron. No quiero quedar enterrado en un cementerio al que nadie volverá por pereza o distancia; quiero que mis cenizas se mezclen con el Río de la Plata, porque hay afectos que no se explican y el mío, aunque haya cruzado océanos, siempre regresó allí.
Quiero que mis sobrinos me recuerden con orgullo, pero también con cariño; que si alguna vez me citan, lo hagan para hacer lo correcto. Que mis exalumnos, esos expertos en la indiferencia estratégica, admitan al menos que algo quedó de aquellas clases y que no todo fue diapositivas y silencio al momento de las preguntas. Y deseo, sobre todo, que mis cosas no se conviertan en objeto de disputa, que lo poco o mucho que haya conseguido facilite la vida de quienes llegaron a un mundo más difícil y más austero que el que me tocó a mí: a mis sobrinos.
Que sepan que no guardé rencor. Que aunque siempre quise llegar profesionalmente más lejos, geográficamente, nunca me avergoncé de haberme quedado para compartir mesa, sobremesa y domingos con mi familia.
No tengo hijos ni esposa ni perro, tampoco deudas pendientes ni arrepentimientos que me quiten el sueño. La muerte es tan natural como el nacimiento, aunque nos empeñemos en maquillarla de tragedia o en fingir que no existe. Nos cuesta entenderla porque en la vida nos cuesta soltar. Yo lo aprendí también.
Por eso publico este intento de testamento, no como presagio sino como acto de lucidez, para quienes saben dónde leerme y cómo encontrarme cuando ya no esté en cuerpo, pero sí en palabra.
Y a esos viejos amores que estas letras todavía puedan alcanzar, les digo que si algo me ocurre, me haría feliz un último adiós sin recelo; que sepan que guardo gratitud por lo vivido y ninguna cuenta pendiente. Y que, si algún día miran el cielo con nostalgia, recuerden que seguiré escribiendo sobre cosas malas y cosas bellas, intentando ensayar buscándole sentido a lo vivido, incluso escribiendo entre las estrellas.

Comentarios
Publicar un comentario