Borrador número 40

 Sigamos viviendo como si todo esto tuviera sentido.

Este hacer las compras para la semana como única planificación certera.
Esta sentencia de muerte que se sirve en vasos cada viernes por la noche.
Este arresto domiciliario llamado teletrabajo.
Publicar humo en LinkedIn y convencernos, de algún modo, de que lo que hacemos puede cambiar el mundo. Aunque sepamos que no.

Vaya mierda.

Atarnos a un sistema donde los hombres somos dignos de afecto solo cuando generamos dinero. Donde las emociones se reprimen y los músculos se exhiben. Donde tener cultura aburre y la soberbia seduce. Donde el que está casado se autopercibe soltero para aventuras innecesarias. Donde el solitario guarda sus historias y se las lleva intactas al morir en departamentos abandonados.

Sigamos creyendo que todo tiene sentido: el exterminio masivo disfrazado de desarrollo, el crecimiento económico como única religión, la disolución matrimonial como trámite administrativo frecuente y cotidiano. Escribamos una oda al amor propio que en realidad exalta la individualidad para no llamarla soledad. Reconozcamos heroico el orgullo que corta posibilidades y amores verdaderos. Volvamos tendencia la indiferencia hacia quien se pudo amar y no lo hicimos por no ser sinceros. Alimentemos al algoritmo y no a las esperanzas. Compremos ropa cara para cubrir un alma vacía.

Sigamos llamando libertad a la distancia emocional. Confundiendo éxito con dinero, deseo con validación, compañía con entretenimiento. Creyendo que no entender nuestras heridas es razón suficiente para negarnos al amor y accediendo al sexo como si cualquiera mereciera nuestras sábanas.

Puta, en serio.
Qué bajo hemos caído.

Sigamos creyendo que todo esto tiene sentido.

Hasta que un día no lo tenga.

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