El año de irse para volver
Será ley de los años que terminan en cinco: cumplir el objetivo de sentirme revivido.
Decidir viajar antes de elegir partir. Y ahora que he visto más mundo, ya no tengo tantas ganas de huir. Porque no se trataba de irme, sino de conocerme estando lejos, de encontrarme y elegirme.
Eso fue este año que hoy termina.
Un año que empezó en desventaja.
Con un corazón partido, una firma, un adiós largo y una promesa de olvido.
Un equipo de trabajo reducido, un perro enfermo y envejecido, la sensación de empezar de cero cuando ya creía haber llegado a algún lugar, cuando pensé que había crecido.
Aun así, si tuviera que elegir una palabra para nombrar este año, sería gratitud.
No una gratitud ingenua, sino una aprendida a fuerza de lecciones y experiencias.
Por la oportunidad de conocerme mejor: acercarme cuando quise, alejarme cuando fue necesario, equivocarme sin esconderme, arriesgarme sin tanta armadura, perdonarme sin tanto juicio y perderme sin tanto temor.
Confirmé que para recuperar las ganas de vivir hay que pedir pasillo o ventana.
Que las pasiones no se van, solo se distraen. Que desde las tribunas, entre cantos y colores, la comunidad sigue intacta, lista para recibirte con orgullo y contagiarte de esa locura olvidada.
Aprendí que los buenos amores no siempre llegan tarde ni temprano: a veces llegan cuando uno todavía no sabe sostenerlos en la mano. Eso de encontrar a la persona correcta en el momento equivocado. Entender cuándo no te eligen. Aprender a no presionar, a escuchar, a poner los pies en la realidad, antes de que sea tarde y lo único posible sea aceptar y soltar.
También fue un año de pérdidas silenciosas.
El mejor amigo que se fue tras quince años de apoyo y compañía. Amistades que desaparecieron entre ingratitud e ironía. Otras que llegaron para recordarme que la vida equilibra: la suerte de la soledad, la alegría de la compañía, el golpe del desamor y la promesa de algo que inicia.
Fue un año para cruzar fronteras y confirmar que la familia, cuando se acortan las distancias, vuelve a ser hogar y refugio. Para enamorarme de una ciudad que me enseñó a caminar más lento, a mirar más arriba, a comer picante en la calle, a bailar en las plazas, a vivir con menos prisa y con menos miedo.
Un año que termina con un equipo de trabajo más grande y variado.
Más premios. Más peso en la industria y un aire de paz y éxito ganado.
Un tiempo para abandonar una vocación que por años había llevado, para enfocarme más en mi liderazgo que en estudiantes buscando ser reprobados.
Arranco el nuevo año con ilusiones, con el corazón abierto y cicatrices cerradas. Con preguntas mejor formuladas. Con la intuición de que fue un año intenso, pero mágico y necesario.
Y aunque empiezo enero sin expectativas, es porque ya sé que la vida sorprende cuando menos la planificas. Para recordar que la solución no siempre es irse, sino volver con un corazón renovado y llevar encendida la energía para nuevas y mejores experiencias.
Termino este año tremendo dando gracias y pidiendo disculpas. Que lo que venga en el próximo episodio concluya lo que quedó pendiente, honre a quienes están ausentes y me guíe a elegir sabiamente. Porque ahora, que he vuelto después de irme, he descubierto que por amor y curiosidad, ya no quiero despedirme.

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