Crecer

Un sábado de salir a correr con mis pensamientos. Una cena para uno, mi plato favorito sin tener que compartirlo. Un rincón vacío donde antes habitaba un perro, un lado de la cama tendido donde alguna vez todo habitó. La paz del silencio y la satisfacción de saber apreciarlo.

Las voces del arrepentimiento y los aprendizajes del pasado conviviendo en la misma habitación. Una sensación nueva: la de ser mejor y no tener que demostrarlo. Me siento frente a la televisión para ver lo que me plazca, salgo a tomar un café sin que deba ser bajo rutina o amenaza.

Entendiendo que los tiempos cambian y que los años no pasan en vano, agradeciendo a Dios por lo vivido, por lo presente y por lo que tengo soñado. Pienso en cómo durante tantos años escribí al amor como si fuera destino, y cómo ahora, después de lo vivido, prefiero esta distancia tranquila que no se parece a la soledad. A valorar al imperfecto que soy, al que eligió aceptarse antes que seguir intentando no ser juzgado.

Un sábado de correr sin rumbo, llevando al cansancio la antigua idea de estar acompañado. No lo necesito. No lo quiero. Mi instinto de cuidar tiene ahora un nuevo reto: hacerse cargo de la persona que más ha descuidado. El niño solitario, el adolescente aislado, el adulto que aprendió a refugiarse demasiado.

Y aunque a veces parezca tarde cuando uno lo entiende, no se trata de ausencia sino de conciencia. De aprender a disfrutar lo que llega sin apresurarlo, de dejar que el tiempo haga su trabajo sin exigirle respuestas inmediatas ni personas no gratas.
Al final de todo queda lo mismo con lo que empezó este sábado: la paz del silencio y la satisfacción de saber apreciarlo.

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