Quiero huevos de oro, pero matar de ansiedad a las gallinas.

Después de leer el libro Fluir, de Mihály Csíkszentmihályi, un apellido que dudo pueda alguna vez pronunciar, me surgió una hipótesis en mi cabeza. Una idea que me puso a cuestionar mis últimos 20 años de carrera: las agencias de publicidad no tienen ni puta idea de cómo funciona la creatividad.

Me explico.
Filósofos, escritores y locos, gente que vive de su mente, ideas y palabras, caminaban y adoraban el arte de no hacer nada, de esperar por la mágica inspiración mientras dejaban a sus pensamientos volar entre la paz del aire libre y la libertad de las respiraciones profundas.

Hoy, las industrias creativas son espacios cerrados donde el único movimiento existente es el de los problemas, el estrés, la tensión, las fechas de entrega y los conflictos. Qué poco hemos entendido.

Donde no hay tiempo para comer ni dormir, donde contemplar el presente es imposible y donde deben surgir varias ideas, aunque quienes las hagan no tengan vida que pueda inspirarlas. Porque para eso, la vida no alcanza.

Donde de metales e ideales se llena el alma, aunque de peleas y de excesos se llenen sus madrugadas. Que, aunque se busque inspiración, hay más un anhelo de cruzar la puerta de salida con dinero en mano y volver a pensar, a crear, a vivir de verdad.

Y por eso, de estiércol se llenan las vallas, de más de lo común, la pauta publicitaria. Los niños aprenden a saltar anuncios antes que a leer, y las empresas, agencias y mercados se derrumban en la indiferencia de la gente, mientras un montón de gente quemada trata de hacer milagros e imposibles con ideas que no surgen para nada.

Inventamos algo peor que la carrera de la rata. Hicimos que la gallina de los huevos de oro muriera lentamente, quitándole las plumas y hasta el alma.

Pero tal vez, si nos detenemos un segundo, si respiramos profundo y dejamos de matar a las gallinas con nuestra ansiedad, podríamos encontrar un camino diferente. Un camino donde la creatividad vuelva a ser libre, donde las ideas surjan del aire fresco y no del aire acondicionado de oficinas que huelen a quemado.

Porque salvar la gallina no es solo salvar la industria; es salvarnos a nosotros mismos.

Comentarios

Entradas populares