La utopía del tiempo lento.
No es que la infancia haya sido un tiempo mejor ni que en la adolescencia el amor se sienta con más intensidad. No es que los perros conozcan el secreto de la felicidad ni que los feriados duren más que el resto de los días.
Es que nos hemos acostumbrado al vértigo.
A producir y trabajar como si hubiésemos venido al mundo para llenar formularios, responder correos y asistir puntualmente a reuniones que nadie recordará. A creer que no hay tiempo para nadie y que tampoco podemos permitirnos escapar hacia nada. A llenar escuelas y oficinas, a caminar sin saludar ni mirar hacia arriba, a dejar que el tiempo pase deprisa o anestesiar el aburrimiento con historias, redes y publicaciones de personas que ni siquiera nos simpatizan.
Hemos hecho del apuro una virtud y del cansancio una medalla. Vivimos tan ocupados fingiendo que avanzamos, que olvidamos detenernos a preguntarnos hacia dónde diablos vamos.
Por eso, cuando puedo, elijo el tiempo lento.
Elijo la mañana sin notificaciones y el café sin urgencias. Elijo sentarme y mirar cómo se mueve la ciudad con su gente distraída en su propia tragedia cotidiana. Elijo sentir la fuerza amable del viento en la montaña, la textura variante de la arena en la playa, escuchar ese pensamiento que suele pasar desapercibido y que, si uno le presta atención, puede convertirse en un gran escrito.
Estoy convencido de que tendríamos un mundo lleno de artistas, músicos y poetas si la gente no estuviera tan ocupada manteniendo un sistema.
Porque mientras para muchos esta rutina parece normal, la naturaleza debe cubrirse la cara de vergüenza. Mientras todas las especies comen, duermen y se aparean entendiendo sin drama la fragilidad de la existencia, nosotros nos encerramos voluntariamente a perseguir estatus y prestigio, a comer basura, a presumir lo que nos falta y a competir en esta carrera de ratas donde el premio mayor consiste, curiosamente, en seguir corriendo, publicarlo y creer que estás creciendo.
Y pienso que si tan solo pudiéramos vivir más lento, olvidándonos de pertenecer al sistema aunque sea por un rato, podríamos descubrir mucho más. Y quien sabe, puede que hasta el amor sea más fácil de encontrar.

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