Cumplo un año diferente (Segunda parte)

Sin romantizar. Solamente declarar.

Es que acepto, sin ocultarlo, que soy de los que no celebran su cumpleaños; llevo tres años huyendo de esta fecha con pasaporte sellado, agenda llena y teléfono apagado. Que es consecuencia del pasado, me dirán los entendidos. La verdad es que desde hace mucho ya no hay quien haga de este día uno de mis favoritos.

No se me confunda, que no es amargura. Es la vida de quien ya nada apresura. Es existir perdiendo la cuenta, acumulando experiencias, historias, aprendizajes y besos mientras duran los constantes procesos.

Hoy siento que me acompañan la madurez y la esperanza, la serenidad y la templanza. Una mirada con ternura al que fui hace un año, hace tres y cuando esta fecha me despertaba emoción cada vez. Miro atrás con gratitud a lo vivido, cariño y aceptación a lo perdido, a la dicha de lo ganado y la alegría de ser privilegiado por poder vivir este día otra vez desde otra parte del planeta, sin deudas, sin prisas, sin nadie que de mí dependa.

Con la sabiduría que acumulan los años, con la fortaleza que te construyen los daños. Con deseos aún por cumplir, con mucho que dar y algo especial por recibir.

Despierto este día en otras circunstancias y en otra ciudad, mirando hace un año mi ingenuidad. Sabiendo que pedir un deseo al soplar las velas a veces termina siendo lo que Dios te depara y no exactamente lo que deseas.

Por eso este año no hay torta, detalles ni canciones ni promesas de futuros corazones. Hay la realidad de tener el trabajo soñado, de despertar en este Medellín amado y, con nuevas y viejas amistades, celebrar la vida, el mundo y sus ciudades.

Y levanto mi brazo con este aguardientico, que la vida nos deje disfrutar otro ratico. Vamos, que hoy todo es bonito y cuántos años tuvieron que pasar para saber ver que más no necesito.



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