Liberales y conservadores
Comentan en los parques y las plazas de esta ciudad que hace muchos años la ideología dividía a la sociedad. Conservadores y liberales, dos maneras distintas de imaginar el futuro, capaces incluso de matarse por defender cuál estaba mucho más seguro.
Y con todo el respeto que merecen las víctimas de aquellas matanzas, encuentro en el amor moderno unas cuantas semejanzas.
Porque hoy la realidad también anda bastante alterada, como una sociedad sentimental un poco alborotada. De consumo masivo, de valores pasivos, de felicidades expuestas y una preocupante carencia de respuestas. Le damos el nombre de normalidad a la aberración de presumir cómo tapamos la infelicidad, de sostenernos en prejuicios y estándares de nuestra mente y negar a diario el momento presente.
Un mundo lleno de vidas vacías, de gente con esa costumbre tan tonta de negarse las alegrías.
Y aparecen los conservadores.
Los que todavía creen que amar tiene instrucciones, edades, horarios y pecados. Los que preguntan qué dirá la familia antes de preguntarse qué sienten todavía. Los que quieren una mujer tradicional, aunque ellos hayan pasado media vida haciendo todo mal. Las que rezan por encontrar un buen partido mientras rechazan a cualquiera que no cumpla la lista de requisitos. Los que todavía confunden compromiso con alguien sumiso y fidelidad con propiedad.
Pero tampoco se me emocione tanto el bando liberal.
Porque también están los que llaman libertad a no comprometerse, a crear ilusiones para luego esconderse. Los que quieren experimentar con todo menos con sus propias emociones. Los que aprendieron a hablar de vínculos, traumas, red flags y relaciones. Eruditos de la teoría, pero el comunismo es duro cuando se siente en carne viva.
Ellas, conservadoras para un amorío, pero ingenuas al elegir marido. Ellos, liberales para acostarse con quien quieran, pero tradicionales cuando alguien más quiere vivir de la misma manera.
No se confundan, que tampoco creo en castigos divinos ni en libros de valores y modales. Apoyo que nos saquemos de la cabeza culpas imaginarias y barreras mentales. Que dejemos libres esos amores que tenemos guardados y que, si dos corazones conectan y coinciden, puedan volverse un poco conservadores para que no se dejen ni se olviden.
Acabemos con esta guerra civil e ideológica que, más que muertos, nos está dejando soledades contra toda lógica.
Seamos liberales para sentir, pero no libertinos para herir.
Que bajemos las armas, nos abramos a las ilusiones y dejemos de convertir cada interacción en una batalla entre quien necesita menos, quien responde después o quien demuestra primero.
Porque suficiente castigo divino puede ser negarnos una presencia real por perseguir aquello que solo existe en nuestra mente.
Liberemos las palabras, los deseos, los besos y las ganas.
Y cuando encontremos algo que merezca la pena tenerlo,
seamos profundamente conservadores para no perderlo.
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