El Sorteo

El azar es caprichoso. Reparte fortunas a desconcertados en un casino, beneficia al principiante y hasta consigue alguna gloria inmerecida a los mediocres. Pero hay un sorteo que parece menor, casi irrelevante, y, sin embargo, puede cambiar la historia de un partido. Es ese instante en que los capitanes y el árbitro se encuentran en el centro del campo, se dan la mano, intercambian banderines y fijan la mirada en una moneda que gira en el aire como un destino por decidir.

¿Patear primero o elegir el lado de la cancha? Pregunta sencilla, respuesta trampa. Porque no es lo mismo empezar en un lado o en otro, y si usted, mi buen lector, ha jugado alguna vez en canchas ajenas, sabrá que esa elección no es un detalle menor.

Si su equipo juega de visitante, elija la cancha. Que sea en el primer tiempo cuando tenga detrás los gritos feroces de la hinchada rival. Que lo insulten mientras las piernas están frescas y la mente aún no se nubla. Que le lancen improperios, escupitajos, tal vez algún proyectil inofensivo, de esos que suelen errar el blanco pero nunca la intención. Que su arquero sienta en la nuca el aliento caliente de la tribuna, pero que lo maneje con oficio, con calma. Porque si el plan sale bien, en el segundo tiempo todo eso quedará del otro lado, y entonces, solo quedará la desesperación del equipo local.

Y en el segundo tiempo, siempre hay que empezar con el balón. Porque ahí la presión aprieta como un zapato chico. Si va ganando, tener la pelota es un escudo. Si va perdiendo, es la única forma de cambiar el destino arrancar jugando. Y si va empatando, cada minuto cuenta para tratar de ganarlo. El que toca primero el balón, dicta el ritmo. Maneja los tiempos, los espacios, las urgencias ajenas. Y deja que la tribuna rival, en vez de empujar, empiece a morderse las uñas presionando a su propio equipo.

Así que téngalo en cuenta estimado jugador privilegiado de esta información; el sorteo, no es azar. Es estrategia. Un capitán que lo entienda juega con ventaja. Porque la suerte, esa tramposa, siempre acaba favoreciendo a los más preparados. 


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