Cada vez menos artistas
Cuánto talento se va por el engaño del sistema actual.
Desde las cavernas hasta los pergaminos, desde los cantos hasta las catedrales, como humanos tuvimos la necesidad casi absurda de crear.
Pintamos paredes antes de construir oficinas, contamos historias antes de aprender a venderlas, escribimos poemas mucho antes de redactar informes.
Alguna vez crear fue una forma de existir. ¿Qué nos pasó?
Nos convencimos de que la rentabilidad era más importante que la curiosidad. Que aquello que no genera dinero merece menos tiempo, menos atención y menos respeto. Y así, poco a poco, dejamos de preguntarnos qué nos apasiona para preguntarnos qué nos mantiene y da status.
No nos prohibieron pintar. Nos dejaron demasiado cansados para hacerlo.
No censuraron a los escritores. Solamente nos llenaron la agenda.
No persiguieron a los músicos. Los convencieron de que primero debían vivir de algo.
Y el talento se quedó atrapado en cubículos, en reuniones innecesarias, en trayectos al trabajo y regresos a casa. Las pinturas nunca conocieron a sus artistas. Las canciones jamás salieron de un cuaderno. Los libros quedaron atrapados en borradores. El mármol terminó convertido en la encimera de una cocina de una señora rica e ignorante.
Qué manera tan triste de desperdiciar lo que nos hizo humanos.
Mientras perseguimos estatus, reconocimiento y dinero, dejamos para después las cosas que realmente nos hacían sentir vivos. Haciendo a la vida una sala de espera y la felicidad un trámite pendiente. Como si siempre fuera a existir tiempo para aprender a tocar un instrumento, escribir una novela, recorrer el mundo o enamorarse del arte.
Y quizás esa sea la mentira más grande de todas.
Porque llegaremos a viejos creyendo que el sacrificio valió la pena, y tal vez descubramos que lo que más nos pesa no es lo que hicimos, sino todo aquello que fuimos postergando.
Moriremos como las canciones que nunca compusimos. Los cuadros que nunca pintamos. Los viajes que nunca emprendimos. Las historias que jamás escribimos. Los amores que no nos atrevimos.
Y entonces entenderemos que hoy no hace falta matar o censurar a un artista. Solo es necesario llenarle la agenda.
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