Cartas que no fueron enviadas

Siempre he pensado que existen cartas que jamás fueron enviadas porque con el tiempo, quien las recibe ya no es la misma persona, ni tampoco el mismo remitente.

No porque faltaran las palabras, sino porque el silencio llegó primero a reemplazarlas.

Cartas llenas de gratitud que nunca encontraron un destinatario. Disculpas que llegaron años más tarde. Elogios que alguien merecía escuchar, preguntas que ya no tenía sentido formular y dudas que, por miedo, orgullo o simple paso del tiempo, ya no hacía falta aclarar.

Curiosamente, no son las grandes discusiones las que más pesan. Sino esas conversaciones que nunca nos atrevimos a abordar.

Porque aprendes que los finales casi nunca se anuncian. No hay un último abrazo, un último café o una última oportunidad para decir: "Espera, todavía me falta contarte algo".

Simplemente un día dejan de suceder y ya no hace falta.

Y nosotros, tan comunicadores, descubrimos demasiado tarde que también somos pésimos comunicándonos.

Entonces la mente hace lo suyo.

Empieza a escribir mensajes que nunca envía.

Ensaya conversaciones mientras maneja.

Imagina respuestas que jamás escuchará.

Corrige frases que ya nadie leerá.

Y llena páginas enteras intentando ordenar algo que quizás nunca estuvo realmente desordenado. Intenta pasar al siguiente capítulo llenando esa página en blanco tan necesaria para marcar un final adecuado.

No porque todavía se quiera volver. Sino porque hay historias que, incluso terminadas, resuenan unas últimas palabras.

Pero depende.

Siempre he pensado que existen cartas que jamás fueron enviadas porque no buscan recuperar a alguien. Buscan recuperar una parte de nosotros que se quedó viviendo en esa historia. No porque sean declaraciones de amor pendientes. A veces, solo expresiones a quien lo merece.

Un "gracias por aquel día".

Un "perdón por aquella noche".

Un "tenías razón".

O solo "qué lindo fue coincidir contigo".

Siempre he pensado que existen cartas que jamás fueron enviadas. Y aunque suene contradictorio, creo que vale la pena escribirlas. Pero no mandarlas.

Porque escribir también es una forma de despedirse.

Y aunque vivimos escuchando que en la vida hay que intentarlo todo antes de rendirse. Con los años he descubierto que también existe otro tipo de valentía. Tener claro que quieres algo estable, maduro y constante. Algo que no puede encontrarse en la gente cambiante.

Alguien con quien construirse, un hogar que compartirse.

Esto no es ser tibio, es ser coherente. Pues quien no valoró tu calidez e intensidad se va a encontrar con creces toda tu frialdad. Y a quien no puede sostener lo que puedes darle, no hace falta ni contemplarle.

Siempre he pensado que existen cartas que jamás fueron enviadas. Tal vez el destino nunca tuvo intención de entregarlas. Tenían que existir, por eso aquí quiero expresarlas.

Es aceptar que algunas cartas no fueron hechas para cambiar una teoría, sino para cambiar a quien las escribía.

Siempre he pensado que existen cartas que jamás fueron enviadas y solo fueron prueba de que hubo algo lo suficientemente importante como para merecer todas esas palabras.

Y, aunque nadie las lea jamás, siguen cumpliendo su propósito.

Alimentar el corazón y silenciar la mente, sentir gratitud por un hermoso presente y dejar constancia con evidencia presente de que cada vez que me buscaste, nunca estuve ausente. Por eso, detente. Prefiero escribirte antes de darte otra vez la posibilidad de verte.

Atentamente.

Esta paz que se siente.


Comentarios

Entradas populares