Una biografía laboral no solicitada pero necesaria

Imagínate esto, eres un Adnerd con déficit de atención en un país chico tratando de lograr un sueño: ser feliz en lo que trabajas.


Nunca fui bueno en el colegio; la metodología de memorizar no era mi fuerte, así que para aprobar los exámenes inventaba juegos para recordar fórmulas químicas, nombres científicos y citas de libros. Si no le encontraba divertido, no aprendía. Así fue siempre.

Pero desde niño supe que estudiaría publicidad y, al contrario del colegio, en la universidad fui el mejor estudiante. Lo de hacer juegos con los deberes era bienvenido, a veces hasta lo hacía para burlar a docentes con viejas metodologías, pero supe que no tenía ningún referente entre mis profesores. Desde el primer semestre combiné mis estudios publicitarios con pasantías. Y puedo decir que cumplí con las horas necesarias en el primer año, pero a mí sinceramente eso de cumplir con un requerimiento de la Universidad me daba lo mismo. Buscaba de quién aprender, estuve en cuentas, producción, relaciones públicas y en creatividad. En un punto creía que lograba estar en los cargos que quería, pero otra vez, no tenía referentes ni de quién aprender. Así que al terminar la carrera recibí mi título, mi medalla a mejor egresado y me mudé a estudiar de verdad a Buenos Aires.

Y descubrí que el problema era el lugar. Estar en Argentina me dio otro criterio y me hizo darme cuenta de que el supuesto mejor egresado no sabía escribir bien. Eso sí, al fin tuve referentes. Profesores y compañeros, me obsesioné por escribir como ellos, por pensar como ellos, por vivir en su país. Y aunque al final de ese año mi esfuerzo se vio recompensado, porque dos grandes profesores me propusieron empezar de pasante en Ogilvy. No pude quedarme. Aunque me encantaba la idea, no tenía ni un solo peso para poder vivir en esa ciudad sin ganar un centavo. Mis padres no podían apoyarme y mi dupla debía volver a cuidar de sus hijos. Recuerdo que esa noche regresé a casa entre lágrimas pensando que no podía cruzar las puertas que tanto trabajé por abrir. Desconsolado, triste y lleno de resignación, regresé a Ecuador con otro criterio pero sin dinero y sin ganas de volver.

Pero la vida te da otras oportunidades. Estando apenas en mis 23 años y creyendo que las grandes agencias eran mi segundo paso en mi país, un fotógrafo me recomendó hablar con una agencia independiente llamada La Facultad. No era la más grande, pero sí se proyectaba a ser la más creativa del país. Tras una enriquecedora entrevista de 2 horas con su dueño y una expectativa enorme por lo que podía dar, iniciaron seis años de aprendizaje en una agencia que, sin buscarlos, ganaba premios. Todo por hacer ideas bien hechas, estratégicas y con un equipo talentoso de amigos con ganas de hacer buenos anuncios. Pasé, siendo muy joven, de creativo a director creativo. Guiando un trabajo que consistía en televisión, radio, BTL e impresos. Ya sabes, lo que era normal en la época, pero al fin tenía referentes de quién aprender. Hasta que en 2010 un proyecto de una telefónica hizo que la agencia empíricamente se lanzara a un proyecto digital. Te resumo la historia: fue la idea más premiada del año en el país. Y yo, aficionado al Internet, las nuevas redes sociales, el streaming y los juegos, sentí nuevamente que el país me quedaba chico. Necesitaba aprender eso y me mudé a estudiar a España.

“Vaya tela”, como decían los catalanes. Ya teniendo experiencia, cuando vuelves a estudiar, sientes que deberías saber mucho de lo que te enseñan y Barcelona me hizo darme cuenta de que el supuesto director creativo multipremiado no sabía escribir bien. Al menos, no para ese nuevo estándar. Y entre tablas de pauta digital, keywords, UX, KPIs, métricas e ideas, aprendí también que un país con una mirada tecnológica más desarrollada te abría a mejores ideas. Tuve profesores con admirables carreras, algo que en Ecuador no ves mucho. Busqué trabajar allá, pero mi portafolio de avisos y comerciales no me ayudaba mucho, y mi pasaporte ecuatoriano, menos. 

Trabajé freelance para emprendedores y consultores, “cobraba en negro”, como decían por allá. Pero viajar me hizo observar a la gente, el mundo, la cultura y las costumbres, lo que me dio una habilidad: conocer lo que hace la gente y cómo eso sirve para campañas. Y aunque tenía nociones por lo aprendido en las agencias, la calle me enseñó sobre insights y estrategia. 

Imagínate esto: eres un adnerd con déficit de atención, nacido en un país chico, tratando de alcanzar un sueño y caminando todos los días por calles europeas. Eso de pensar ideas y soluciones te cae solo. 

Me gradué y nuevamente desconsolado, triste y lleno de resignación, regresé a Ecuador con otra perspectiva pero sin dinero y sin ganas de volver. ¿Qué le vamos a hacer?, a veces la vida se repite.

Y si Ecuador se siente chico cuando abres la mente, es una jaula cuando sabes de tecnología que aún no está disponible, o peor aún, cuando el mercado publicitario sigue en los comerciales, cuñas y avisos y se niega a ver más allá.

Sin embargo, mi escuela, La Facultad, me volvió a abrir las puertas. Ya no para creatividad, sino para trabajar en un cargo que no existía entonces: ser director digital. Sabía de estrategia y creatividad interactiva, pero no tenía la más remota idea de cómo hacer un negocio de eso. No había referentes y los pocos que encontraba en el país eran verdaderos sobrinity managers, vendedores de humo, columnistas de irrelevancia en LinkedIn y arrogantes expertos de lo obvio. ¡Cómo detesto a esa gente! Y algo que en la vida me juega a favor y en contra es mantenerme alejado de vender “bullshit” a mis clientes. Y eso lo mantengo. Y ya llegaré a la parte en la que eso me jugó en contra.

De nuevo, a ser autodidacta, a aprender solo cómo hacer pautas digitales, vender contenidos con accesos QR, juegos en Facebook, estrategias de SEO, SEM, entrar en tendencias en redes, páginas web, aplicaciones, etc. Empíricamente haciendo lo que sabía donde eso apenas se conocía. Ganando poco, soñando mucho. Tratar de lograr a mis 28 años el éxito financiero de mis amigos creativos, sin un mentor en lo digital, y eso, te lleva a tomar malas decisiones.

Y un día una agencia que hoy ya no existe me propuso volver a la creatividad. Eran marcas globales, es más, el primer proyecto era un brief global, pero, nuevamente, trabajar sin tener de quién aprender. Volviendo a ser director creativo, cabeza de ratón en lugar de cola de león. Mi paso por esa agencia fue para darme cuenta de que aunque trabajes con gente talentosa, si la cultura no alimenta el buen trabajo, la gente cumple con lo que debe y listo, a lo que sigue, sin pena ni gloria. Y como en la escuela, si no era divertido, no aprendía y si no aprendía, no era el lugar para mí.

Me fui. Mi escuela de siempre, La Facu, me propuso sumarme a un proyecto digital. Y como la canción, “Si tú me dices ven lo dejo todo…”, por emoción más que por aspiración, accedí. Era una gran idea en la que se debía trabajar, tanto que llegó a destacarse en Cannes, pero sostenerla requería trabajar en un edificio del Ministerio Público que olía a burocracia, que se veía como burocracia, que se hacía todo como burocracia. A ti que has leído hasta aquí, quiero contarte algo. Considero que la burocracia actual es una pandemia. Inhibe tus aspiraciones profesionales, hace que seas estratega del beneficio propio y vuelve difícil lo simple a través de lo incompetente. Si no sales a tiempo, ese sistema te traga. Y como quien llega con un bote salvavidas, en un evento social, alguien muy importante, me propuso ir como director creativo a McCann.

Respiremos, que esta historia de sueños, aspiraciones y malas decisiones aquí toma un giro positivo. Llegó alguien que me enseñó a ser director creativo, no porque se sentó a enseñarme, sino porque me lanzó a serlo por mi cuenta. No era la primera vez con ese cargo, pero sí la primera vez que tengo la autonomía para decidir por mis marcas, por mi equipo y por la forma de trabajar. Y así empezaron casi 5 años de ganar premios, licitaciones, amigos y reconocimiento. Desde haber sido llamado a ser columnista en Roastbrief y Upsocl, de ser invitado a ser jurado en Effie, FIAP y New York Festivals, y un giro importante: que me hayan propuesto ser profesor de creatividad en la UDLA.

Imagínate esto, eres un Adnerd con déficit de atención en un país chico tratando de lograr un sueño, que viviste en Argentina y España, y ahora, te paras frente a un montón de chicos para tratar de enseñarles lo poco o mucho que has aprendido. Y entonces descubres que aparte de la creatividad tienes otra vocación: enseñar.

Y hay reconocimientos que no tienen espacio en los perfiles de LinkedIn, como los diplomas a mejor profesor que acumulé como cromos de Panini y los mensajes de exalumnos agradecidos por cómo pude guiarlos en lo que querían hacer. Muchos de ellos hoy trabajan en grandes empresas y agencias, a muchos los llevé a trabajar conmigo, aunque pocos lo sepan. Yo también aprendí mucho de ellos. A veces, entre conversaciones profundas sobre la vida y la publicidad, me tomo el atrevimiento un tanto arrogante pero no falso de que mis estudiantes son mi segundo portafolio.

McCann era una escuela, teníamos varios equipos, uno más talentoso que otro. Pero las decisiones regionales y las cuentas grandes que se iban obligaban a reestructuraciones. La agencia entraba a manejar procesos digitales sin saber cómo y en la necesidad de saber llevarlos; abordé esa responsabilidad. El problema es que cuando eres quien más sabe hacer algo, por más que lo delegues, te van a dar aún más proyectos. El agotamiento fue tal que pensé que mis habilidades requerían un nuevo lugar: el negocio familiar.

Aquí haré una pausa. Para contarte algo importante. ¿Recuerdas que te dije que quise estudiar publicidad desde que era niño? Bueno, es porque el negocio familiar tenía algo que ver; mi madre tenía una empresa de food styling. Volviendo al relato. Llegué como productor ejecutivo. Esta vez a ser quien habla con las agencias, coordina las producciones, consigue nuevos clientes y hace nuevos negocios, pero sobre todo, ser quien administra las finanzas. Y si hay algo que es esquivo entre quienes trabajan en creatividad y que considero un grave problema, es que muchos creativos no ven el lado del negocio. No comprenden cuánto cuesta producir una idea o, lo que es peor, cuánto rentabiliza su tiempo y trabajo. No solo aprendí eso, sino que establecí presupuestos, amplié los servicios, conseguí clientes nuevos y me di tiempo de hacer proyectos artísticos. Pero como sabes los emprendedores la tienen más difícil para ganar más dinero a corto plazo, tus equivocaciones ya te cuestan dinero de tu bolsillo y había meses de buena facturación y otros, más difíciles. 

Sin embargo, dicen que todo directivo maneja el negocio de la empresa como el suyo. Y en eso siempre fui disciplinado. Construí una estructura financiera en la empresa familiar para que suba la rentabilidad sin hacer recortes, solo estableciendo metas, nuevos ingresos y techos de gasto. Y aquí pasó algo que considero el mayor premio de mi carrera: Gracias a eso, el negocio familiar sobrevivió a la pandemia, con mis padres relajados, y sin despedir a nadie, a pesar de haber estado cerrado durante seis meses.


En una ocasión, antes de que empezara la pandemia, en una reunión, alguien de una agencia me dijo: ¿volverías a la creatividad? Yo le dije que sí, pero ganando mucho más de lo que ganaba antes y con autonomía para dirigir mi equipo. Me pusieron la oferta sobre la mesa y acepté.

Imagínate esto, eres un Adnerd con déficit de atención en un país chico tratando de lograr un sueño, que trabajaste en dependencia y autónomo tratando de volver al mundo de las agencias con un ADN cada vez más digital y aún sin referentes. Pero como yo ya tenía un criterio de estrategia, creatividad y negocio, veía las cosas de otra manera. Pero sobre todo, empezó a nacer una curiosidad al manejar personas: la cultura. Y entonces empezó una etapa en la que estuve en búsqueda de esa cultura de amigos y buen trabajo como la tuve en mis inicios. Sabía que gran parte de eso estaba en mis manos, pero no seamos tan ilusos. Si las direcciones generales no están interesadas en tu proyecto de construir una cultura adecuada, simplemente estás “remando en dulce de leche”, como dirían los argentinos.

En la pandemia aprendí otra cosa, que muchos equipos no estaban preparados para trabajar desde casa. Todos la pasábamos mal, pero no es sano estar en un lugar donde haya personas buscando que la pases peor. Entonces, pasé de esa agencia que me hizo volver a la publicidad, a otra, también independiente, pero esta era muy creativa, aunque sinceramente, lo de ser amigos, a veces se les iba un poco de las manos. Siendo senior con equipos de chicos tratando de pasarla bien pero con clientes que exigían resultados porque la estaban pasando mal, tenía un desafío importante. Estuve empujando campañas con estrategia, aunque no era el foco de la agencia. Pero sí pude ir formando e impulsando el talento de esos equipos jóvenes. Tantos años de profesor me ayudaron a saber cómo guiar a creativos junior, a encaminar proyectos y a enseñar a trabajar con grupos con diferentes habilidades con un solo objetivo. Vi a muchos chicos crecer y me enorgullece lo que siguen haciendo.

Pero aún no era mi lugar, eso de obsesionarse por los premios y el ego no encajaba con lo que quería. Además, no tenía un referente, al contrario, vi a personas cerca que me parecían todo lo contrario a lo que quería ser. Y esa búsqueda por encontrar un espacio donde la cultura me permita aprender y crecer aún no estaba ahí. Y me fui a estudiar una maestría en marketing, esta vez en mi país y a trabajar freelance. 

Ser estudiante con mucha experiencia me hizo dar cuenta que el supuesto máster dos veces y multipremiado creativo no solo que ya sabía escribir bien. Sino que aunque muchas cosas habían cambiado, el marketing actual carecía de lo mismo: ambición, ideas y valentía. Tuve muchos compañeros marketeros que seguían creyendo que las agencias son proveedores y que la comunicación es una tarea operativa que se debe hacer evitando cualquier tipo de riesgo. Hice un buen grupo de amigos, aunque pese a mi constante búsqueda, tampoco había referentes entre estos nuevos profesores.

Como creativo freelance, por otra parte, fui descubriendo un mercado nuevo, y que hay agencias que contratan talento solo para ganar licitaciones sin que sus nuevos clientes lo sepan. Que hay agencias desbordadas de trabajo y sin procesos, y que lo primero que se debía destinar a la creatividad es en cómo ordenar a las personas. Que hay clientes que están hartos de las agencias, que se puede ganar muy bien si se trabaja con agencias serias al momento de pagar, pero vi que esas son muy pocas.

Y una de esas agencias en las que colaboraba temporalmente, reemplazando al director general creativo, me pidió que me quedara. Supongo que había algo en mi trabajo que les gustó, era posible. Porque en un lugar donde pocos hablaban, yo elegí ser como soy. Jovial, colaborativo, guiando y enseñando a mi equipo y compartiendo esa obsesión por el criterio estratégico. Era una agencia de red, importante, de esas que hace varios años tenía a los verdaderos Mad Men de la industria, pero que a la fecha parecía que conservaba la misma manera de trabajar de entonces. 

Allí descubrí cómo funciona una red, el contacto con creativos en el exterior, el tener acceso a una intranet de un holding para compartir ideas, obtener herramientas y hacer algo de networking. En este lugar mi cargo sería diferente; cubría un rol que no existía. Director de Planning. Si bien mi trabajo tenía mucho de creatividad, usé herramientas de la red que la misma agencia desconocía. Trabajamos con clientes enormes, con proyectos hermosos y con equipos muy diversos. Tuve la confianza del gerente, a quien reportaba directamente. Y no solo fue un lugar donde aprendía, sino que también disfrutaba. Pero la vida son cambios y oportunidades, y una tarde, llegó una importante llamada.

Imagínate esto, eres un Adnerd con déficit de atención en un país chico tratando de lograr un sueño, ya no eres tan joven pero tienes las mismas ganas de hacer cosas importantes. Y de repente la industria ecuatoriana ya te conoce, sabe que te gusta enseñar, trabajar con equipos, que buscas consensos, que entiendes el negocio, que ganas licitaciones y sigue con esas ganas de hacer buen trabajo. Y por la reputación ganada me llamaron a liderar la creatividad de una de las agencias de Publicis Groupe, y lo más curioso, la red que más admiro: Leo.

Un paréntesis de datos curiosos: Algunos de mis más grandes referentes eran de Leo Burnett. Juan Carlos Ortiz, Juan Carlos Gómez de la Torre, Miguel Ángel Furones, entre otros. Cuando estuve en la universidad, aún no existía Leo Burnett en Ecuador, pero desde la agencia de Colombia hicieron un concurso universitario para una campaña y quedé como finalista tras insistir al director de la escuela de publicidad para que me dejara participar. Quería que me contrataran en Colombia, pero era una ilusión de principiante que se quedó en eso. Años después, La Facultad tuvo la representación de Leo temporalmente hasta que la representación oficial de Publicis Groupe llegó a Ecuador.

Llevo casi 3 años en Leo. A inicios de 2025 éramos 5 personas, hoy, más de 40. ¿Cómo? Con empatía, ganando licitaciones, construyendo un equipo horizontal, siendo profesionales, no persiguiendo festivales. Sin revanchas personales, sin egos particulares. Dando lo mejor equilibrando negocio con servicio, liderando un trabajo en equipo. ¿Mi época dorada? Puede ser que sí. Pero también un aprendizaje constante junto a las personas correctas y clientes que valen la pena.

Y así, a veces me invade la nostalgia, entre todo lo vivido, las oportunidades tomadas y las que he dejado pasar. Entre la gente que he conocido en el camino, las amistades y rivalidades, el aprender de mucha gente, el enseñarme a ser resiliente. Ganar varios festivales de publicidad que no he citado porque, sinceramente, eso no me define. Conocí varios ganadores de Leones incapaces de resolver un brief real. Yo he seguido conservando ese objetivo de ser buena gente, de escuchar antes de hablar, de entender antes de trabajar. De mirar atrás y saber que aunque pasaron algunos trabajos, clientes y festivales, disfruté haciendo lo que quise.

Durante muchos años pensé que los festivales eran la meta. Después entendí que eran una consecuencia. Gané algunos, perdí muchos más, fui jurado y hasta ayudé a escribir casos para que otros compitan. Y todo eso me enseñó algo mucho más valioso que un metal: los premios duran una noche. El criterio, los equipos que construyes, los amigos que haces y la confianza que ganas pueden durar toda la vida. Desde entonces dejé de preguntarme cómo hacer una idea para un festival y empecé a preguntarme cómo hacer equipos capaces de hacer esas ideas.

Y en esa búsqueda constante de referentes, sin perseguir cargos, pero sí aprendizajes, me di cuenta de algo, que puede que los siga buscando, pero en el camino, casi sin buscarlo, empecé a ser uno para quienes me tenían ese acompañamiento y cariño.

Pero sigo buscando.

Lo mejor de esta biografía es explicarte por qué era necesaria. Porque la sigo escribiendo.

Pero imagina esto: eres un adnerd con déficit de atención en un país chico tratando de lograr un sueño, que has vivido en Argentina, España, Ecuador y México, y que todavía crees que la mejor idea de tu carrera puede ser la próxima.

¿Es posible?

Pues me encuentras en ese momento en el que las fronteras ya no significan demasiado. No sé si el siguiente capítulo está en Ecuador, pero sí en Latinoamérica o en cualquier otro lugar del mundo. Lo que sí sé es que quiero seguir aprendiendo, construyendo equipos, haciendo buenas ideas y enseñando lo que el camino me ha regalado. Si eso ocurre desde una agencia, una empresa, una universidad o una conferencia, bienvenido sea.

Si llegaste hasta aquí, gracias por leer una biografía que nadie me pidió escribir.

Y si por alguna razón crees que podríamos construir algo juntos, conversemos.

Después de todo, esta historia todavía no termina.


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