Qué momento para estar vivo.
Como una simple travesura, una experiencia más, llegamos con mi hermano aquella tarde de primavera al Monumental. Argentina contra Perú. Eliminatorias, aunque ya clasificados. Yo, acostumbrado a vivir en Buenos Aires; mi hermano, descubriendo por primera vez la ciudad. El olor a parrilla, la humedad, la energía de la gente y todo eso que las fotografías jamás logran capturar.
En la cancha había un pibito con la 19 en la espalda. Sabíamos que hacía goles con el Barça y que, con apenas diecinueve años, ya era titular. Argentina ganó ese partido. Mi hermano y yo nos sentimos porteños por un rato, aunque ninguno podía imaginar lo irrepetible que sería eso que acabábamos de presenciar.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen sentido, así dice la canción.
Aquel delantero parecía cambiar de posición para empezar a jugar como leyenda. Y años después, por esas cosas del destino, llegué al templo donde se veneraba ese estilo. El tiki-taka de Guardiola, el Camp Nou y, otra vez, Leo. Ya no como promesa más, sino como el más querido de Barcelona; del club y de la ciudad.
Qué momento para estar vivo.
Y te escribo justamente hoy, cuando parece que ese cuento empieza a escribir su último capítulo. Lo que llaman el último tango. El día de la final. No sé si todo saldrá bien o si el fútbol volverá a recordarnos que también puede salir mal. Pero verte en vivo y por televisión siempre se sintió igual. La admiración por lo que significa ser un líder, un soñador, un capitán. Y también esa mezcla de nostalgia, gratitud y contradicción por no estar listo para dejar de verte en un Mundial.
Qué momento para estar vivo.
Porque aunque no soy argentino, sí soy latinoamericano, que a veces es bastante igual. Nací en Quito, pero Buenos Aires me dio la vida. Y hoy la vida también me recuerda que incluso las mejores historias tienen un punto final.
Qué momento para estar vivo. Pero todo se tiene que acabar.
Y cuando llegue ese minuto, cuando suenen los tres silbatazos, seguramente habrá lágrimas. No sé si de tristeza, de orgullo o de felicidad.
Pero este día, otra vez con mi hermano, y con mis sobrinos en el lugar. Podré contarles que conocimos una leyenda. Una de verdad. De quien podía hacer milagros y nos hacía recordar que nada está perdido hasta que suena el pitazo final.

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