La vieja del Titanic y las personas valiosas


El mundo está mal repartido. O tal vez hay demasiada gente que no sabe el valor de nada, ni su propio valor.

Siempre odié a la vieja del Titanic. No por capricho, sino por esa escena en la que lanza al mar una joya sabiendo que había manos buscándola. Y sí, esa imagen es perfecta para explicar esta puta mierda de mundo: lo valioso hundiéndose porque alguien no supo qué hacer con eso.

Y no hablo de piedras preciosas. Hablo de personas. De esos diamantes humanos que cayendo en la profundidad, en la sal del tiempo, se llenan de óxido. De gente que un día brilló y que, en manos equivocadas, fue tratada como baratijas. Hasta que un día se soltaron y solo empezaron a caer.

Siento que en esta sociedad cerrada y vacía hay varias joyas hundiéndose así, lento. Dejando un brillo que todavía corta la vista mientras desaparecen. Y desde la orilla hay quienes podrían saltar, nadar hasta una de ellas y traerla de vuelta. Pero no siempre se lo puede hacer, principalmente por cuánto cuesta salir a flote.

Porque yo sé lo que es el fondo. El frío, el ahogo, el silencio que aplasta, la presión que asfixia y la oscuridad constante. Sé lo que es arrancarse el óxido con las uñas hasta reconocerse otra vez. Y que si intentas rescatar algo que no nada hacia ti, terminas ahogándote tú también.

Yo estoy a cargo de mi propio barco, uno en el que lo valioso se cuida y se navega con lo necesario, con amor. Y es verdad, se puede seguir la corriente y tener una historia bonita. Una de esas que uno quiere contar despacio, con sonrisas y pausas largas. 

Pero el mundo está mal repartido. Y aunque veo todo ese valor, no puedo hundirme por salvar a nadie.

Ojalá esas joyas vuelvan a brillar y salgan del agua sin ahogar a nadie.
Ojalá, algún día sepan que siempre fueron oro.



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